Ella
Era un día más en esta caótica ciudad, un día gobernado por el estrés y pasos acelerados, un día más que pasa sin percatarnos que o quienes están a nuestro alrededor.
Iba saliendo de la estación del metro cuando tropecé con señor que tomaba café, ahí es donde empezó la mala racha del día al verme bañado de cafeína, y para colmo iba tarde a la oficina por lo que no podía regresar a cambiarme a mi casa.
Finalmente llegué, como siempre todo era un desastre, demasiado papeleo y escaso contacto humano. No tardaron en notar el manchón de café que traía en mi camisa y mucho menos mi mal humor. En realidad, no me importó.
Como todos los días empecé de inmediato mi labor de esclavo capitalista, y así pasaron las horas tranquilamente. Desempeñé mi trabajo normalmente, papeles por aquí papeles por allá, gritos por parte de mi jefa, quejas de mis subordinados, el sonido agobiante del teléfono, todo se desenvolvía con naturalidad. Afortunadamente era viernes, y desde el lunes tenía pensado inventarme una jaqueca para poder disfrutar de un exhibición de arte que sería a las 4, y que de no ir me arrepentiría.
Finalmente se hicieron las 3 y me presente en la oficina del jefe con la mejor cara de drama que tenía. Luego de preguntarme si estaba hecho todo mi trabajo (obviamente no iba a ser tan irresponsable para dejar mis tareas incompletas) me dejo ir tranquilamente. Tome mis cosas y me dirigí a la galería, afortunadamente llevaba mi saco y pude ocultar la mancha de café.
En ese momento me entusiasme, al fin había algo bueno en la ciudad y de lo cual iba a disfrutar. Después de ahí pensaba disfrutar de un capuchino en un viejo café que queda por mi casa, pero previo pasaría por la librería para comprar aquel libro que llevo tiempo esperando y que llegaría hoy finalmente.
Para variar tomé un taxi, en verdad no quería el ajetreo del metro. No era mucha la distancia así que fue razonable la tarifa. Al llegar inmediatamente fui al baño para lavar mis manos y mi rostro y empezar medianamente fresco mi recorrido por la galería.
Las obras eran simplemente espectaculares, deseé tener todo el dinero del mundo para adquirir las piezas yacientes allí, pero siendo víctima de la situación económica del país me conformo con apreciarlas. A la media hora me antojé de un agua, así que me dirigí al cafetín y me senté a descansar por un momento, para terminar de ver algunos cuadros.
Mientras tomaba el agua, me sentí muy bien de estar solo, alrededor había un ruido estruendoso pero me dio igual, la sensación de paz era incomparable, sin embargo, hubo algo o mejor dicho alguien que perturbo mi momento de tranquilidad. Una chica realmente hermosa, era de baja estatura y tez blanca, el cabello castaño claro, ojos café, sus medidas normales nada mal para una mujer, unas facciones simplemente extraordinarias, vestía una sonrisa que hipnotizaba, el tono de su voz era hasta melodioso e irradiaba femineidad por doquier.
Fue inevitable sonreír y contagiarse con su risa, perdí el sentido de la orientación y podía jurar que híper ventilé. No había visto mujer así, me pareció tan perfecta que deje de pensar en lo horrible de mi día y me concentré netamente en ella. Imagine mil escenarios juntos y pasaron por mi mente mil y una historias junto aquella mujer.
La vi tan inalcanzable como a una estrella e impalpable como el aire, ella era la muñeca de la vitrina y yo el iluso que quería tenerla para mí. Parecía imposible, hasta que se percató de mi existencia y volteó a verme, quizá sentía que la estaba observando. Sus ojos se posaron sobre los míos y no dude en sonreír (mas que una técnica de seducción, lo hice porque resultaba imposible mirarla y no alegrarse por ello) y con el mismo fulgor me devolvió la sonrisa al momento que sus mejillas enrojecían, jamás había visto un gesto tan hermoso en una dama.
Finalizado el momento, lo único que acabe por decir fue... Probablemente sea ella



